Magazine quincenal de entretenimiento

La llave al Más Allá 2020

Cuento

Jamás burles al Diablo. Versión completa

Leyendas de mi pueblo I: Misterio

Les contaré lo que me sucedió durante un invierno, hace algunos años atrás.

Ese día me alegré de saber que mis amigos, Chalito, Eddy y Pablo, estarían esa semana en la ciudad cercana al pueblito donde estaba trabajando.

Ya había pasado varios meses en la soledad del lugar, mientras realizaba la instalación eléctrica en la nueva hostería. Extrañaba a mis amigo y nuestras conversaciones al atardecer, mientras compartíamos mate y pizza. Tener con quien compartir, eso es lo que añoraba.

Allí, sin turistas y con la hostería a medio terminar, el lugar parecía parte de un pueblo fantasma, solo visitado por esporádicas polvaredas que obligaban a refugiarse. Yo hacía este esfuerzo para juntar unos pesos y poder comprarme la moto que quería (nunca sucedió), y comenzaba a preguntarme si lo valía.

Poquito más de cincuenta kilómetros y unas horas más de trabajo es lo que me separaba de ellos.

Ese viernes por la mañana me apresuré como nunca para salir más temprano a disfrutar del fin de semana. El domingo al anochecer debía estar de vuelta para continuar con mi trabajo.

Así fue como ese vienes, a media tarde, me reencontré con ellos y unas chicas que habían conocido durante su viaje. Una vez más odié al tiempo por hacer eso que hace cuando uno la está pasando bien: en un pestañear el viernes se convirtió en domingo por la tarde y, como en un espejismo, el momento comenzó a desvanecerse.

Luego de ir al cine emprendería mi regreso. Sería injusto quejarme, pues la había pasado genial.

Elegimos ver una película de terror recién estrenada: “La tenebrosa escultura de Michael”.

Trataba de un artista apasionado, que esculpía tan hermosas estatuas de mujeres, que por momentos parecían tener vida. Tal era su pasión por ellas que terminaba enamorándose. El mismo día en que terminaba su última escultura en una antigua cripta, por encargo de un siniestro personaje, el artista le hace saber de su melancolía, pues pone todo su ser en cada obra. Le cuenta que él desea, más que nada en el mundo, que cobren vida.

El extraño personaje le dice que él puede hacer que su deseo se cumpla uniendo a su pasión un antiguo rito. Le revela entonces su identidad, diciéndole que es un viejo hechicero que volvió del río de la muerte.

Todo lo que debe hacer el artista es cederle su voluntad por las noches. Sin medir las consecuencias, el escultor accede, sellando el pacto que permitirá que su próxima escultura cobre vida.

El hechicero le advierte que debe realizar la escultura allí, señalando el lugar donde hay un raro pentagrama grabado en el piso de piedra, y que solo debe usar el material que encontrará en los estantes. Le deja en claro que por ningún motivo deberá bajar por la cripta, durante el día, más allá de los ataúdes.

Tal como acordaron, el artista, luego de la primera luna, se dirige a la cripta para comenzar su escultura. Todo parece normal aunque su amiga, la dueña de la hostería con quien tiene un extraño romance, sospecha que algo no está bien en el artista, pues llama a la escultura con nombre propio, y lo nota cambiado, iracundo y mal dormido.

A esto van dos semanas seguidas que desaparecen clientas de la hostería sin dejar rastro. Siempre muchachas bonitas que están solas. Además el escultor no quiere que nadie entre a la cripta a ver a Liliana, como llama a su más bella obra.

La película muestra que el escultor comienza tener pesadillas donde se ve a sí mismo por las noches, con los ojos rojos y desorbitados, como poseído, en el cementerio removiendo cadáveres y moliendo luego huesos humanos hasta convertirlos en harina (escena que resultó genial para acurrucarnos con las chicas).

Interviene un detective, enamorado de la dueña de la hostería, que está investigando las desapariciones. Tras contarle que una anciana vio el lujoso auto del escultor, y en él a una de las chicas que desapareció, logra convencerla de que le diga dónde puede encontrarlo. Ella finalmente accede pero a condición de acompañarlo, y así llegan a la cripta cuando comienza a oscurecer. Al entrar ven la horrorosa escultura, color rojo sangre, de una diabla a la que ya resta poco para terminar.

En ese momento aparece el escultor transformado en un monstruo.

No contaré todo lo que ocurre, solo diré que el escultor comienza a tener visiones en las que se ve a sí mismo asesinando a las mujeres y arrojando sus restos por un acantilado cercano. Se da cuenta de que no está haciendo una escultura, sino trayendo a la vida, con su pasión y mediante el ritual, a una diabla, cuya descendencia esparcirá el mal sobre la tierra.

Desespera aún más al encontrar un pendiente que le había regalado a su amiga, en medio de la harina con la que moldea la escultura.

Fuera de sí, se sube al auto y se dirige hacia la curva y el acantilado donde por las noches arroja los restos. Mientras se acerca termina de recordar y, deliberadamente, acelera buscando la muerte. El automóvil se sale del camino y cae por el acantilado en la misma curva, cayendo al embravecido mar donde supuestamente muere ahogado.

Pero el misterioso y diabólico personaje tiene otros planes para él: lo levanta de la muerte y lo obliga a terminar la obra, mientras su cuerpo se va descomponiendo. El final no lo voy a contar.

Salimos del cine aterrados, pero disimulando ante las chicas. Fuera del cine, una copiosa lluvia contribuía al clima de terror de la película.

Mientras cenábamos unas pizzas, hablamos sobre la película, discutiendo si el hombre era el diablo, la actitud de su novia y la del detective entrometido.

Las chicas nos preguntaron si nosotros también nos asustamos, pues a ellas ese diablo las había aterrado. Dijimos que era solo un hechicero, como el mismo personaje expresó, y nos burlamos de él.

Marina, la chica que me gustaba, dijo que sabía que era el Diablo, pues a su tío, en el camino lindero, se le había aparecido. Según su tío le contó, se lo veía así, con forma humana, como en la película.

Le contamos de nuestro encuentro con la Diabla y quedaron sorprendidas, mostrando admiración por nuestra valentía. Ellas nos contaron del camino de allí en el que también pasan cosas así.

Sus comentarios, a mis amigos y a mí, comenzaron a preocuparnos; no nos gustaba hacia donde iba la conversación. Dijeron que ocurre cuando atraviesas la montaña, y en el descenso. Se pone peligroso porque son caminos empinados y de curvas cerradas.

La descripción que hicieron del camino me aterró. Ellas siguieron hablando. Marina dijo entonces que hay una curva a la que llaman “la curva del Diablo” y, si se congela, puedes caer al lago.

Contaban que habían noches en las que a algunas personas se les ha aparecido el Diablo, como le pasó a su tío, y es él quien decide si sigues o si tu vehículo cae por el barranco. Por eso se podía notar que al caer el sol nadie utilizaba ese camino. Al tío se le apareció mientras doblaba, y lo vio allí, mirándolo, pero por alguna razón lo dejó pasar.

Eddy les dijo, dándose cuenta adónde iba la charla, que probablemente fuera una cuestión de lógica nada más, pues de noche las temperaturas bajan, y si hay hielo en la ruta es más fácil perder el control del vehículo y estrellarse o caer por un barranco, pero no por eso se iba a aparecer Satán.

Yo trataba de negarme a la posibilidad de que hablasen del camino por donde debía regresar.

Roxana, otra de las chicas, sugirió que sería más prudente tomarlo en serio y no burlarse. Temeroso, quise saber si el camino del que hablaban era el de altas cumbres, y respondieron que sí.

Se produjo un incómodo silencio, y vi que lo chicos me miraron, como sugiriéndome que no se me ocurra volver.

Marina, tomándome la mano, me dijo: “¿De ahí vienes, Séo?”, lo que terminó de paralizarme, pues sonó a que mi tiempo se había acabado.

El ambiente se volvió tenso: no había reparado en que, mientras ellos se quedaban allí, yo debía volver solo, de noche y para peor con lluvia, y recorrer los cincuenta kilómetros de pedregullo por un camino solitario... y del que ahora me enteraba que decían que era del Diablo.

Aunque muerto de miedo por dentro, con una nueva burla dejé en claro que a él ya me lo había cruzado y que enfrentarme a su curva no era gran cosa. Aunque por dentro rezaba para que solo fuese hielo lo que había allí.

Con mis amigos habíamos vivido cosas raras, y por eso ellos, olvidándose ya de impresionar a las chicas, me dijeron que era insensato intentarlo, pues solo el estado del clima era un riesgo. Insistieron en que pase allí la noche y volviera con luz de día; sin embargo, una vez más, decidí desafiar a la suerte.

Me despedí de todos y me desearon buen viaje.

No había dejado de llover. Miré mi camioneta, meditando si sería segura para ese camino. Era un modelo bastante nuevo, doble cabina, sus cubiertas eran anchas y tenía una barra alta llena de faros busca-huella. Solo esperé que no me fallara en un camino como el que tenía por delante. Subí me coloqué el cinturón de seguridad, le di marcha, una, dos veces y no arrancó; insistí una última vez. Escuchar el rugido del motor me alentó. Encendí las luces y el limpiaparabrisas, y sintonicé una emisora local, con la esperanza de que pudiese captarla durante todo el trayecto, pues eso ahuyentaría los malos pensamientos.

A pocos minutos de andar llegué al límite de la ciudad. Desde allí pude recordar el camino sinuoso, y ahora completamente oscuro, que debía recorrer. Instintivamente me persigné, pues allí parecía acabarse el mundo. Aumenté aún más la velocidad del limpiaparabrisas, encendí los faros busca-huella y avancé, dispuesto a afrontar lo que me depara el camino.

Apenas había empezado a recorrerlo cuando vi a alguien más desafortunado que yo que, empapado, en medio de ese temporal, intentaba inútilmente cubrirse con un impermeable. Al ver las luces, giró haciendo dedo a como pudo. Frené lentamente, para evitar que las cubiertas patinaran en el mal estado de la calzada mojada. Lo único que le faltaba al pobre hombre era que lo atropellaran. Pensé que hasta una vaca subiría, con tal de no ir solo por ese camino. Fue un error.

Aunque creí estar seguro de haber frenado antes, parecía que me había pasado, pues miré hacia la banquina y el hombre no estaba. Por el espejo retrovisor lo vi venir corriendo a unos pocos metros. Abrió la puerta de los asientos traseros y entró.

Me sorprendió sobremanera que no subiera adelante, pero preferí no decir nada para no incomodarlo. Disimuladamente intenté verlo a través del espejo retrovisor pero la oscuridad me lo impidió, así que simplemente arranqué.

Creí entender que me agradeció que lo resguardara del clima. Bajé el volumen de la radio y le dije que solo iba hasta Potrerillos, al hotel nuevo, pero que, si quería, podía pasarme y acercarlo al cruce Cinco Esquinas donde seguro encontraría quien lo llevara en una noche así. Con la típica tonada de la zona replicó:

—Amigo, vayamos de a poco, despacito y por las piedras. Tratemos de llegar primero, y después veremos cómo le seguimos.

Yo reí, su calma ante esta adversidad se me antojó simpática, no imaginé que allí oculto había otro significado.

Los kilómetros fueron pasando. Habríamos recorrido más de la mitad de camino, acompañándonos con esas charlas en las que hablas de nada pero que amenizan el viaje, cuando decidí llevar la conversación a un terreno más personal, preguntándole a qué se dedicaba. Me respondió que hacía relaciones públicas al más alto nivel, que, de hecho, era él quien decidía sobre la gente.

La frase no me terminó se cerrar. Dudé de su veracidad, pues nadie importante anda a pie, sin siquiera un paraguas, en medio de una noche tormentosa y por un camino de montaña. Su apariencia me intrigó y hubiera querido voltear para verlo mejor, pero decidí no sacar los ojos del camino, dada la inclemencia del tiempo.

Él cambió de tema, preguntándome de dónde venía y por qué andaba solo por esa ruta perdida, en una noche “diabólicamente aterradora”.

Su comentario me causó risa, y le dije que no estaba solo, pues él me acompañaba. Que si bien resultaba difícil conducir con esa lluvia torrencial, conversando no parecía aterradora.

Luego le conté brevemente lo sucedido con las chicas del cine, y que no quería quedar como un cobarde, por lo tanto no pensaba evitar volverme por una simple curva, por más “del Diablo” que la llamaran. Terminé diciéndole algo así como que “el destino me trajo hasta aquí, al pensar que la camioneta había encendido en el tercer intento”.

En vista de que faltaba poco para llegar a mi destino, le pregunté dónde preferiría bajarse él, pero ignoró mi pregunta y continuó con el tema:

—Pero ¿en verdad no le temes al Diablo? ¿En serio harías todo lo que le contaste a las muchachas? —preguntó, con un dejo de asombro en su voz.

—¡Por supuesto que me aterra! Es lo que más me aterra en la vida. No sé por qué al Diablo le tocó ser el Diablo y lo siento por él, pero no me gustaría cruzármelo por nada del mundo.

—Bueno, es la primera vez que escucho que alguien “lo siente por él”, es muy amable de tu parte... pero no lo evitas por no querer cruzarlo… más bien no hay que nombrarlo, no hay que invocarlo, y sobre todo: jamás debes burlarte —dijo, ya no en tono cordial, sino más bien amenazante.

Sus palabras me causaron un escalofrió, sobre todo el “es muy amable…”. Sentí que el miedo me heló la sangre, justo cuando estaba entrando a la curva del Diablo.

Lo que él había dicho es todo lo que yo había hecho. Quise mirar para atrás, pero la inminencia de la curva me lo impidió. Con el corazón en la garganta, mientras atravesaba la curva intenté concentrarme en el volante para que la camioneta no se deslizara hacia el barranco, sin poder evitar que se me presentaran las imágenes del auto del protagonista de la película precipitándose al acantilado. Nadie querría morir así, ni yo tampoco.

—Ya cruzamos la curva; estamos por el llegar —dije un poco más aliviado y tratando de disimular la angustia y el terror que todavía no me abandonaban—. ¿Dónde es que se baja usted?

—Aquí, en mi curva —respondió él, con una voz grave y seca.

Mi corazón latía estrepitosamente y tenía terror de mover el retrovisor para ver a quién había subido a la camioneta. Pero la curiosidad fue más fuerte y, armándome de valor moví el espejo para ver hacia atrás. No había nadie. Frené a un costado, encendí la luz interior y volteé. Nadie había estado allí, pues el asiento estaba seco.

Esa noche fui a pasarla a un motel que estaba un poco más adelante. Las imágenes de la película y la conversación venían a mi mente y no me dejaron dormir.

Al amanecer, bajé a desayunar. La camarera se me acercó sonriente, y al ver mi mal aspecto, me dijo:

—¿Qué le ocurre muchacho? ¡Qué cara tiene! Ni que hubiese visto al Diablo.

Suceso real tras el cuento

Jamás burles al Diablo

Nota del autor y conversaciones con testigos

Hacía un rato había leído en unas publicaciones cómo se burlaban de lo desconocido en general, y ya estaba por acostarme cuando a mi mente vinieron los recuerdos de algo que me había sucedido años atrás. Entonces pensé: ¿por qué no escribir un cuento? Lo terminé titulando “Jamás burles al Diablo” con la simple idea de advertir a aquellos que lo toman en burla, sobre las consecuencias de ser arrogante en la vida. Es que creo no debes burlarte o reírte de nada ni de nadie, pero menos aún sobre aquello que no terminamos de comprender.

Lo narré modificado y ficcionado, tal vez porque plasmar la experiencia real me resultaba, en su momento, demasiado escalofriante.

Los invito a volver el tiempo atrás, al verano del año 1984, cuando no había celulares ni los autos eran tan confiables. Entonces sucedió mi desventura.

Aún estaba en la Argentina pasando unos meses en la provincia de Córdoba, en un pueblito tan hermoso como misterioso, al borde de la nada, llamado La Cumbrecita. Al doblar por el camino de un cerro se aparece frente a ti un largo puente que es la única ruta que lo conecta con mundo real. Puedes cruzarlo, pero los vehículos no: deben quedar del otro lado del puente para así no alterar ese silencio de otro tiempo que lo rodea.

Por aquellos años, para llegar hasta allí, debías recorrer un camino de altas cumbres de montaña, sinuoso y escarpado, de un traicionero ripio, que te conduce a la altura de los mismos picos, donde por momentos entras en espesos bancos de nubes para luego comenzar un descenso con curvas más cerradas de lo que uno quisiera.

La mágica belleza del trayecto te seduce y te invita a recorrerlo, pero si miras hacia abajo en los barrancos verás que hay quienes no corrieron con suerte. Allí, quemados y desechos, podrás ver vehículos cuyo destino concluyó allí, al igual que aquel de quienes iban dentro: yacen inertes en el fondo del barranco, para recordarte que es el lugar quien se reserva el derecho de recibirte.

A veces, sin que uno pueda entender el por qué, el camino se enfurece dando lugar a tempestades que para sortear deberás jugar tu propia vida. En ese camino de suerte incierta, donde encuentras un clima inesperado, yo, por desafiarlo, encontré algo más...

Pero antes de entrar de lleno quiero contarles sobre el lugar, pues tal vez venga al caso, ya que al día de hoy yo no he podido resolverlo, y es que aquel pequeño pueblito al final del camino, pues mas allá no puedes seguir al cordón de sierras, es una de las tantas ciudades fundadas por alemanes en la Argentina entre el año 1930 y 1934, todas con la característica de ser de muy difícil acceso y rodeadas de misterio sobrenatural.

Mi vivencia inicio el día que decidí desoír las advertencias de la inquietante tempestad que avecinaba. Tal vez por ser joven, o por arrogante, o simplemente por no tener suficiente experiencia, me conduje a una de las más tenebrosas situaciones, que me llevaría tiempo olvidar.

Durante el fin de semana me había encontrado con mis amigos en Santa Rosa de Calamuchita; ellos se hospedaban en el hotel Yacanto. Tal como conté, salimos con sus amigas de allí y lamento desilusionar pero no fuimos al cine (la película que relato es extracto de otro cuento). Fuimos a comer algo, y se dio la charla obligada sobre los nazis, platos voladores, la energía del lugar y, por supuesto, el Diablo, tema del cuento.

Como los lugareños son por demás supersticiosos, los comentarios dieron lugar a las burlas.

Demore mi regreso unas horas esperando que amainara el temporal que se había levantado, pero viendo que la lluvia no cesaba decidí no demorar mi regreso, solo que ahora, además de llover a cántaros, se había hecho de noche. Pensé que eran solo cincuenta kilómetros los que debía recorrer, ¿qué tanto podía ocurrir en un viaje tan corto?

Me gustaba manejar durante la noche, pues, aunque estés solo, la buena música da al viaje un tinte de expectativa y emoción.

Partí hacia La Cumbrecita y al cabo de unos kilómetros el camino pavimentado se acabó y comenzó el de ripio y con él una cerrada oscuridad. Es aquí donde el destino quiso cruzarme con aquel viajero que sería parte de la aventura.

Al verlo haciendo dedo frené y, al igual que en el cuento, me pasé, y es por eso que el hombre tuvo que acercarse desde atrás, entrando por la primer puerta que encontró: la trasera, para ubicarse en medio de los asientos.

Levanté la vista para ver por el espejo, pues llamó mi atención que se arrastrara tanteando todo. Como todavía no había cerrado la puerta, la luz de cortesía seguía encendida y me permitió ver su rostro, antes oculto por la capucha y la oscuridad de la noche.

Al verlo se me heló la sangre pues el hombre no tenía ojos, no por haberlos perdidos sino debido a una malformación: su frente los cubría por completo.

Recuerdo el esfuerzo que hice lograr controlarme y no gritar. Mis sentimientos se contrapusieron: por un lado el pobre hombre sin ojos, en medio de la nada, abandonado a su suerte, situación que requería mi comprensión; por otro, el deseo de bajarme, o de acelerar y huir, a sabiendas de que le haría daño pero lograría sacármelo de encima.

Comprendí que ya estaba sentado en el medio del asiento y, más allá del pánico que sentía, el hombre ciego, racionalmente hablando, no debería ser una amenaza para mí.

Apague la música. Volví a arrancar el auto que se había apagado y, más sereno pero sin poder dejar de mirarlo, le pregunté hacia donde quería que lo alcanzara.

Inútilmente intentaba ver algo más allí, pero a simple vista era alguien con discapacidad en medio de una noche tormentosa... y justamente eso es lo que no tenía sentido y me aterraba.

Demoró en responder, y cuando lo hizo me dijo “hacia La Cumbrecita”. Le dije entonces que yo también iba hacia allí. Pensé: «En fin, desde allí no hay otro lugar al que lleve este camino».

Luego de un amable agradecimiento por llevarlo, y para mi sorpresa, mantuvimos una charla de lo más amena y cordial. Comenzó contándome de su trabajo en relaciones humanas al mas alto nivel, que así como lo veía era alguien importante. Al escuchar eso los restos de mi miedo fueron reemplazados por una sensación de compasión, de que estaba frente a alguien muy pobre, solo y sin posibilidades en esta vida, que en su mente necesitaba mostrase valioso capaz de llevar una vida normal.

Nada en su voz era amenazante, al contrario: se escuchaba alegre y agradecido. Incluso me sentí mal conmigo mismo por las veces que me había enojado en el esfuerzo del trabajo que hacía para satisfacer el innecesario capricho de comprarme una moto. Pensé en que debía re-evaluar mis prioridades y mi modo de sentir. No obstante, no le creía una sola palabra, consideraba que era un pobre tipo, otra vez arrogante frente a lo desconocido.

Sentía curiosidad por preguntarle sobre su dificultad, y por qué estaba en ese lugar a esa hora, que si no pasaba yo, no pasaría nadie por ahí. Pero al mismo tiempo no sabía cómo abordarlo sin que mis palabras pudieran herir su sensibilidad. Más avanzaba y mi mente más se ocupaba en esos pensamientos.

Me preguntó donde me hospedaba y le conté del hotel, y entonces me relató su historia, desde la pareja de alemanes que lo fundó. Me enteré de que querían hacer un Cuarto Reich y que buscaban allí vida extraterrestre. Que el pueblo fue deliberadamente planificado para ver quién se acercaba, y que existía un camino minero doble para escapar por detrás de las sierras. También que había un río, más allá del pueblo, que se internaba en las sierras y recorría casi un kilómetro de una espectacular caverna para luego volver a la superficie.

Su conversación era tan rica y entretenida que casi había logrado olvidarme su aspecto peculiar. Fuimos avanzando y él nunca hizo referencia a su malformación o a por qué estaba allí.

Por alguna razón, al llegar casi a lo más alto, se inquietó. Recién allí vi que tenía un bastón de ciego plegable, pues lo estaba armando dentro del auto. Fue entonces cuando noté que el agua que caía sobre el parabrisas había disminuido, a tal punto que se trababa el limpiaparabrisas. Sin embargo, unos metros más delante se veía caer una lluvia copiosa y me pregunté cómo era eso posible.

Él me preguntó si creía en ovnis, como adivinando lo que se me había cruzado por la mente. Le contesté que en realidad me resultaría muy incómodo que existieran, pues entonces todo lo que yo había estudiado no serviría porque estarían más avanzados y eso me molestaría, y tal era mi pensamiento real de esos tiempos.

Sorprendiéndome, me dijo que no debía preocuparme, pues el ser humano, si bien está tecnológicamente más atrasado, es como una oruga, podría expandirse como las mariposas y no tendría nada que envidiarle a nadie.

Estuve a punto de preguntarle a qué se refería, incluso me pasó por la cabeza si lo decía para darse ánimos por su ceguera, aunque no parecía afectarle en lo más mínimo. Entonces se me cruzó por la mente que tal vez no fuera humano ni extraterrestre. Volví a cuestionarme si no debería estar alerta por temor a ser atacado, pero dentro de mí sentía una gran tranquilidad, como con la certeza de que eso no sucedería.

A todo esto llegamos a lo más alto de las sierras y desde allí faltaba poco para llegar a la entrada al pueblo. Insólitamente me pidió que detuviera el vehículo, me agradeció que lo hubiera alcanzado, pues él se bajaba allí mismo.

Quedé atónito; miré hacia ambos lados: no había nada, ni siquiera donde refugiarse. Le dije, pensando que no veía y que por eso se había equivocado, que aún no llegábamos. Me devolvió una sonrisa y contestó “te equivocas, ambos llegamos a destino, solo que tu sigues y yo bajo aquí”.

Extendió su mano en señal de despedida, se bajó y lo vi correr de un modo raro, su torso se doblaba hacia adelante unos cuarenta y cinco grados y a cada paso llevaba su rodilla hasta chocar con el pecho; para mi se asemejaba, de algún modo, al caminar de una garza. Pasó por delante para dirigirse hacia una lomada donde, en lo oscuro y por la intensa lluvia, pareció desvanecerse.

Durante el trayecto sentí el terror de la experiencia en mi cuerpo, consolándome con que faltase tan poco para llegar.

Aparqué el auto en la entrada del pueblo y crucé corriendo aquel puentecito. No me importó mojarme, solo quería estar con gente de la “real” a mi alrededor, y entré al bar que estaba a poco de entrar al pueblo. Allí había dos chicas, una en una mesa y otra en la barra. Les pregunté si pasaban cosas raras por allí. La de la barra me miró como para contarme algo, y vi por el reflejo de un vidrio que la que estaba sentada le hacia señas de que no me contara nada. Me di vuelta y la miré, haciéndole saber que noté su intervención.

Los días que restaron me pareció que las personas de allí me evitaban; solo un muchacho me confirmó, a cuenta de que no se lo dijera a nadie, que la caverna existe y los caminos también, pero no quieren que se sepa, pero que él no sabía por qué.

Algo de lo que pude estar seguro es que ese pueblo, supuestamente turístico, lo que menos quería eran turistas. Era solo una fachada para que acudan unos pocos. El por qué no lo sé; el viaje solo me dejó más dudas que aclarar.

¿De qué se trató? ¿No debí subirlo? Como dije, al día de hoy no tengo respuestas a nada de lo que sucedió, tal vez ustedes sí.

Mis saludos,

Séo Moff

Artefacto Paranormal

La ouija psicofónica. Primera parte.

Datos, fotos y su historia

Podríamos definir, con rigor de verdad, que la primer psicofonía registrada la vivió el propio Nicholas Tesla allá en el año 1896, aunque intenten desmentirlo, cuando recibe un mensaje radial que luego se repetiría en 1899. En esa fecha era el único poseedor de un transistor de radio.

La historia de las Ouijas dista mucho de las modernas, patentadas en 1880 por Theresa Maupin y Charles W. Kennard , quienes difundieron el juego. Se cree que pueden rastrearse hasta hace 11.000 años atrás con las tablas de oráculo.

Hoy no hablaremos de esas, sino de un tipo de ouija solo conocida por quienes intervinieron en investigaciones gubernamentales acaecidas entre la finalización de la Primer Guerra Mundial y el fin de la Guerra Fría.

Durante la Primer Guerra quedó claro que los instrumentos que usaban energía eléctrica, permitiendo emitirla, captarla o registrarla, eran permeables a algo más que el electromagnetismo.

Son incontables las anécdotas confirmadas de teléfonos desconectados que suenan, radios que reciben llamadas irrastreables, cintas de audio en las que insólitamente aparecen mensajes grabados. Por alguna razón la presencia de carga eléctrica facilita un portal para la comunicación de seres de otro plano, con muy distintas intensiones.

Los gobiernos, observando cómo fueron alterados resultados de rescates, de ataques y de batallas gracias a interferencias, se avocaron a la carrera (todos, Alemania, Inglaterra, Rusia, Francia, etc) por contar con esa tecnología que desafía la lógica, e intentar convertirla, de algún modo. en armas.

Así fue como, cada uno, incorporó a sus filas secretas a mediums, magos y científicos de lo paranormal, desde el año 1920. La ouija no podía faltar.

Hoy solo me referiré a un tipo de ouija, y lo que comentaré no es producto de mi investigación personal sino que lo he extraído de alguien cercano a mí que intervino en ese tipo de investigaciones.

“No ha pasado desapercibido el hecho de que el magnetófono estaba con sus cables cortados, así y todo la llamada de advertencia que salvó a aquellos niños del colegio, realizada por la madre de uno de los niños, recién fallecida, la Sra. xxxxxx, se llevó a cabo ante el estupor de la Sra. Secretaria que, por lo antinatural del suceso, dio intervención a la Madre Superiora, quien decidió la evacuación[…]

“Del fortuito hecho resultó que todos los niños saliesen ilesos...![...]

“Nuevamente confirmamos la atemporalidad del suceso: no es que la llamada se haya realizado como en las grabaciones cuando los cables están cortados, vemos un patrón en que pareciera que una realidad alterna se filtrara hacia esta, permitiendo cambiar los hechos [...]”

En resumen, en esta investigación que se llevaba adelante se buscaba contactar con otras realidades, paralelas a la nuestra, donde había sido posible evitar desastres, mostrando que se creía que una voluntad fuerte, frente a un suceso tremendo, sobrepasaba su dimensión, dando una pista a seguir. Que los pensamientos con energía y determinación proyectan algo que se sale de la banda temporal espacial. Y son afines a utilizar medios capaces de captar energías, como los mencionados, donde es independiente si están conectados o no pues es la realidad paralela la que lo capta.

Bien, un desquicio, pero un desquicio interesante al fin. Aquí no se buscan fantasmas, se busca interconectar planos y obtener información, se busca utilizar la voluntad para doblar las dimensiones o soltarse del tiempo.

Desde un primer momento se pensó que esa voluntad podía afectar, del otro lado, a la energía y no la materia, logrando generar carga eléctrica del otro lado y siendo ella la que alteraba grabaciones o se filtraba en transmisiones radiales. Manejar tecnología que se salga de lo temporal daría una ventaja a la hora de alertar sobre acontecimientos.

Si bien se han desarrollado múltiples investigaciones intentando hacer contacto con espectadores, seres muertos, entidades, aquí estamos frente a un caso similar al de Magallanes, que no tenía intención alguna de contactar con los pueblos americanos o ver qué podía aprender de los lugares, sino de cómo acortar distancias para lograr una ventaja en la carrera marítima que se libraba entonces.

La ouija de la fotografía se fabricó para brindar y clasificar el nivel de contacto producido. Es portable deliberadamente, pudiendo cerrarse como una valija, y su placa de cobre, de doble cara, en el frente es espejada, lustrada y con un baño de laca. Detrás tiene la forma de una antena para facilitar la captación de la energía radiada desde el otro plano.

En ella se conecta un grabador de cinta abierta, o magazine, de la mayor cantidad de horas posibles. El grabador de cinta abierta registra distintas entradas por cada canal que contenga, siendo solo dos para la ouija sin micrófono va directamente a la placa, pues las señales psicofónicas no son sónicas en sí (compresión de aire o fluido) sino de característica magnética.

La diferencia es que las sónicas se desplazan al comprimir las moléculas de gas o fluido, que es materia en esta dimensión, y las magnéticas son variaciones en el campo magnético, que no esta en sí en nuestro plano: no es materia, es energía, por o tanto requiere mucha menor potencia para ser manipulada.

El camino en forma de cuadrado con la punta hacia el tablero de letras que cerca el espejo de cobre, la cruz y el contenedor para el testigo de muestra de materia, es para depositar lo que contienen los tres pocillos rectangulares.

Continuará...

Compartir