Magazine quincenal de entretenimiento

La llave al Más Allá 2020

Cuento

Muñecas de Porcelana

Leyendas de mi pueblo I: Misterio

Esas vacaciones mi hermano Ules se había ido de viaje con mis primos, Gustavo y Mariano. Mis padres, mi hermanita y yo nos fuimos a otro lado con mi prima, la hija de mi tía, para que las niñas jugaran juntas, pues se llevaban de maravilla.

Recorríamos un pueblo fronterizo, ya regresando a casa, cuando mis padres decidieron que nos detuviéramos a ver una feria autóctona que encontramos a la vera del camino.

Mi hermana Wacco, mi prima Virginia y yo no éramos tan chicos: yo tenía ocho años y ellas seis. Juntas perecían gemelas, y aún siendo mayores a veces las confunden.

Paseábamos por la feria cuando a mamá le llamó la atención un puesto de muñecas de porcelana. La señora que atendía les ofreció a Wacco y a Virginia una muñeca a cada una, diciéndoles: Mis muñecas también son hermanas. A mí no me gustaron, pero menos aún me gustó esa mujer: la odié.

Papá y mamá pensaron que yo quería salir de ahí para comprar un autito en el puesto de enfrente, pero no: la señora me asustaba. Igual me callé, preferí no insistir más al ver que ella me estaba observando con sus ojos malvados. Mamá le dijo a papá que eran muy baratas y que las iba a comprar, y él estuvo de acuerdo.

La señora apoyó las dos muñecas en una caja de madera y, mientras iba acomodando sus ropitas, les hablaba y acariciaba el cabello. Hasta piyamitas tenía cada una. Les explicaba que había llegado la hora de mudarse, pues ella estaba muy grande para seguir cuidándolas, y que con su nueva familia debían portarse bien. Luego entregó la caja a mi mamá, que la tomó con solemnidad, siguiéndole la corriente.

La señora miró a Wacco y a Vir, y les dijo el nombre de cada una de las muñecas. También que debían llamarlas así si querían que les hicieran caso. Mamá me miró, como advirtiéndome que no me atreviera a burlarme.

Al alejarnos del puesto escuché que le decía a papá: Pobre, esta señora no parece estar muy bien, y yo agregué: Está re loca. Ellos rieron. Les pedí que también me compraran algo. Papá me dijo que me llevaría a buscar el Formula Uno verde que me gustaba. En el acto me olvidé de la señora y sus muñecas.

Al volver al auto las chicas estaban cada una con su muñeca. Quise que me las prestaran para verlas bien, pero de mal modo me dijeron que ya tenía mi autito. Esto llamó la atención de mamá, ya que no solían comportarse así; nos tratábamos con mucho cariño. Observé las muñecas: aunque eran de porcelana y tenían grandes ojos, no tenían ese aspecto inerte que me asustaba de otras muñecas, estas me resultaban cálidas y agradables, hasta parecían con vida y me daban ganas de jugar con ellas como con mis amigos.

Una tenía el cabello color castaño, peinado en una cola, y la otra llevaba suelto su cabello moreno. Ambas llevaban muy elegantes vestidos de raso y encajes.

Papá puso el auto en marcha, cruzamos la frontera a nuestro país y emprendimos el largo camino hasta llegar a casa.

Los problemas comenzaron en la ruta. Ente las niñas se armó una discusión por quién se quedaría con la castaña con cola, y quién con la morena. Mi madre les dijo que se decidieran, pues al llegar se separarían y cada una se llevaría una.

Al decir eso el auto patinó y nos salimos de la carretera. Aunque nadie se lastimó, desde ese momento volver fue un martirio: no lográbamos pasar los cincuenta kilómetros por hora porque el auto no respondía, pinchamos una cubierta y todo parecía romperse. Aunque el Ford Fairline era nuevo, nada andaba.

Mamá notó mi tristeza durante el viaje. Sabía que era porque Wacco y Vir, además de pelear todo el tiempo entre ellas, no querían jugar conmigo: solo con sus muñecas. Al parar en la gasolinera yo me bajé con ella y me dijo que no me preocupara, que al llegar todo volvería a ser normal, y que mientras tanto jugara con mi autito. También me dijo que lo que pasaba allí era otra cosa, y era importante que, por lo que restaba del viaje, no peleáramos y por ningún motivo fuera a sacarles las muñecas. Compró chocolates, caramelos y una lata de leche condensada (que me encantaba) para el camino.

Cuando todos estuvimos dentro del auto, mamá le dijo a las chicas que no discutieran más, que las muñecas, como son hermanas, no iban a estar separadas jamás. Las dos irían juntas a una casa un tiempo y luego a la otra casa otro tiempo, turnándose.

A partir de ese momento todo volvió a la normalidad: no hubieron más inconvenientes con el auto ni más peleas.

Ya estábamos cerca de llegar a casa cuando mamá le pidió a papá que pasáramos por la iglesia para agradecer por haber llegado bien y por el hermoso viaje. Papá se dirigió hacia allí y aparcó. Mamá le dijo que se adelantara con las chicas. Cada una descendió llevando su muñeca en brazos.

Mientras ellos entraron a la iglesia, mamá me pidió que la ayudara con algo. Nerviosa, me tomó de la mano con una fuerza que me asustó, y me dijo que me apresurara a tomar toda la ropita de las muñecas y la pusiera en la misma caja en que vinieron.

Hecho eso nos dirigimos a la puerta del costado de la iglesia. Tocó el timbre varias veces, hasta que se asomó el padre Carmelo, sorprendido por la inusual insistencia. Mamá me dijo que esperara afuera, y entró con la caja. Me trepé a la ventana para espiar y pude escuchar que le hablaba en voz baja al padre sobre las muñecas. Le contó que, mientras las niñas jugaban atrás, ella vio por el espejo del parasol que las muñecas movían los labios, y le contó todo lo que sucedió durante el viaje, culpando a las muñecas de lo sucedido.

El padre Carmelo le dijo que eso no era posible, que le habría parecido por las vibraciones del auto y los reflejos en la ruta, pero que si la dejaba más tranquila podía dejar las muñecas en la iglesia. Mamá asintió y el padre llamó a la hermana Clara.

Mamá giró la cabeza y me vio colgado de la ventana, espiando, fue hasta la puerta y la abrió. Pensé que recibiría una penitencia, pero extrañamente no me dijo nada, solo me tomó fuerte del brazo y me hizo entrar.

Esperamos allí un ratito hasta que vinieron el padre, la hermana Clara y la hermana Mirta. A esta última le entregamos la caja con ropita y luego fuimos junto al padre Carmelo y la hermana Clara hacia el interior de la iglesia donde estaba mi papá con las chicas.

El padre Carmelo pidió a las niñas que le enseñaran las muñecas. Entregadas con recelo, él tomó una y la hermana Clara la otra. En ese instante mamá agarró a las chicas de la mano e, imperativamente, nos sacó a todos para afuera. Al darse cuenta de que les quitaron las muñecas, las niñas hicieron berrinche, pero ante la actitud intransigente de mi mamá ni siquiera mi papá intervino.

Nuestra vida volvió a la normalidad, y las nenas a llevarse bien, como siempre.

Unos días después el padre Matías reemplazó al padre Carmelo. Aunque quisieron ocultarlo, tiempo después nos enteramos de que hallaron al padre Carmelo muerto en la sacristía, sin explicación.

No sería hasta nuestra adolescencia que conoceríamos el paradero de las muñecas, cruzándonos nuevamente con ellas.

Suceso real tras el cuento

Muñecas de Porcelana

Nota del autor y conversaciones con testigos

Estimados lectores:

Como habrán sospechado la historia fue muy ficcionada. Les aseguro que nada sucedió como lo cuento, aunque no cambia el escalofrío que siento frente a ellas.

El relato está basado en los recuerdos de un extraño viaje de mi infancia, que desde su inicio mostró sucesos difíciles de explicar.

Aquel verano recién cumplía ocho años y estaba ansioso, esperando el motorhome que había comprado papá. Con él viajaríamos por Brasil, Perú, Bolivia y Venezuela durante más de un año, recorriendo sus inhóspitos y místicos parajes, en busca de una serie de encargos de mi abuelo.

Como leí por ahí, ahora sé que, a quien está atento, el mundo suele advertirle lo que encontrará al abrir una puerta, o al iniciar un viaje. Esta vez fue al cruzar la frontera, en la aduana. Por un instante el mundo corrió su manto, cual mago, permitiéndonos ver por un momento cómo sería de allí en adelante, y por Cristo que no mintió.

Los agentes aduaneros debían inspeccionar el motorhome. Cuando uno de ellos subió, el muñeco de masilla negra que habíamos hecho, jugando, cayó y rodó hacia sus pies y, de la nada se incendió. Produjo tal espanto en el agente y en los demás que nos dejaron pasar sin revisión, mientras se arrodillaban y rezaban palabras incomprensibles para nosotros.

Desde ese momento la atmósfera de nuestra realidad se sintió diferente. Durante el viaje por Brasil unos taxis Volkswagen escarabajo no dejaron de seguirnos. Como nos explicaron luego, lo sucedido fue para ellos un presagio que nos señaló como personas de interés,

Los taxis se intercambiaban cual posta a medida que avanzábamos, y siempre estuvieron para asesorarnos y auxiliarnos. No obstante, mi padre creía que solo buscaban ganar nuestra confianza para guiarnos hacia algún extraño lugar.

Hoy solo contaré acerca de las últimas horas en aquel país, donde la gente cree que el cielo rojo del atardecer desata una cruel lucha entre las fuerzas del bien y el mal, hasta que sale nuevamente el sol.

Si te animas a deambular por sus calles podrás observar cómo las macumbas y conjuros de cada bando tejen los destinos de su gente. De quienes se te acerquen, te será difícil distinguir qué es lo que son o en qué lado combaten.

Espero, algún día, disponer de tiempo para narrales, desde los ojos de el niño, lo que allí presencié, de sus macumbas, de la calavera blanca, peces río dentro que de noche son capaces de tragarse a un niño, de nuestro encuentro armado en las favelas, de aquel niño encadenado por lobizon, o los espíritus que merodean la selva.

Con mis hermanos estábamos convencidos de que, durante el viaje, aparte de los taxis, una figura con sombrero, oscura y extraña, nos seguía cual sombra mientras estábamos en sus tierras. Incluso son varias las fotografías que tomamos.

Tal fueron los sucesos que mi padre interrumpió el viaje cuando todavía faltaban seis meses y nos sacó de sus dominios.

Él no imagino que, por protegernos de todo eso, llevaría de allí fuerzas extrañas a nuestra propia casa, a nuestra propia vida.

En el punto fronterizo, en una pequeña feria artesanal y permanente, realizamos las compras que deberían traer protección a la casa, y de ahí parte el cuento.

A comienzos de los setenta todo era distinto. América del Sur todavía no se subía al consumo frenético que hoy vive. Se sentía la pobreza y escasez en los pueblos, al punto que era común ver niños sin zapatillas, una realidad desconocida en mi país. A pesar de lo chicos que éramos, a mis hermanos y a mí nos llenaba de tristeza.

Volviendo al cuento: la feria estaba teñida de aquella humildad, escasez y pobreza extrema. Tal vez por eso captaron inmediatamente la atención de mis padres dos estatuas de la virgen del Valle, de más de medio metro de altura y de singular belleza; las vieron como un presagio.

No eran dos muñecas, modifiqué el cuento por respeto a las personas muy aferradas a sus emblemas religiosos.

Las estatuas eran de un raro material. Por su peso parecían huecas, tenían engarces de obsidiana en los ojos y, presumíamos, piedras semi preciosas, además de las capas de seda que las cubrían.

Al verlas mi madre se enamoró de ellas en el acto y, sin dudarlo las compraron.

Una tradición muy común de antes era la de tener en el jardín de la casa un pequeño altar donde reposar una virgen patrona o un santo, según con cual tuviese afinidad la familia.

Mi madre pensó en una para nosotros y la otra para la casa de Virginia, nuestra prima.

Tal como dije, los problemas en el viaje comenzaron cuando se habló de separarlas.

Fue mamá quien notó el deslizamiento del vehículo fuera de la carretera cuando dijo de separarlas y acostamos a una de las estatuas.

A diferencia del cuento, mi madre cambio de idea y decidió pasar por la iglesia a agradecer y obsequiar una de las estatuas, lo que coincidió con el fallecimiento, al día siguiente, del padre.

Esa estatua jamás fue puesta en un altar.

Mi imaginación me llevó a preguntarme si habrían estado relacionados los sucesos.

La otra virgen del Vallle quedó como protectora de nuestra casa.

Muy pronto se notó que era concededora de deseos que, en algunos casos, rayaban lo milagroso.

Un poco después mi hermana se lastimó un ojo y debieron operarla. Los médicos advirtieron que, en el mejor de los casos, le quedaría una nubecilla blanca, si es que no debían vaciarlo.

Luego de un mes con el ojo vendado, y de rezarle a la virgen todos los días, al quitarle el vendaje no había ninguna marca en su ojo. El médico no pudo explicar la sanación, pues el vidrio que se había incrustado produjo un daño importante y ahora ella no presentaba daño alguno, como si nada le hubiese pasado.

Uno tras otro fueron sucediéndose los pedidos, como que Argentina ganara el mundial de fútbol del setenta y ocho, los juveniles en el setenta y nueve. Cuando mi hermano terminó la primaria, a los doce años, pidió un viaje de campamento para él, y de la nada apareció la invitación de un excompañero por dos semanas. Si fueron coincidencias o milagros, es difícil saberlo.

Los años pasaron y a mi no me cuadraba que depositáramos nuestra fe en la virgen cuando se daba un examen o cuando algo no se hacía, esperando que ella salvara el día.

Entonces decidí buscar en los archivos del abuelo, tratando de encontrar algo que me diese una referencia, quería saber qué era lo que teníamos en nuestra casa y a quién le estábamos rezando en verdad.

Así encontré sobre los desafiantes de la muerte, las adherencias astrales y particulares embrujos.

Algo que me impactó fue leer que un grupo de indios habían aprovechado la tiranía y el poder extremo de los conquistadores para templarse al máximo posible. Así aprendieron a soportar cualquier martirio y, al viajar al plano espiritual, tenían ventaja por la voluntad y la disciplina que desarrollaron. Exactamente lo opuesto que estábamos haciendo nosotros.

También leí que a los indígenas con habilidades de artesano se los ponía a hacer esculturas para los conquistadores, con el pretexto de estar civilizándolos. Esto era una mera excusa, pues de ser así los beneficios hubieran sido para los indígenas y no para los colonizadores.

Las estatuas que hacían no siempre eran lo que se les pedía. Se sabe que algunas tenían engarces con cristales maldecidos, con voluntades insertas a través de los condimentos que todavía tenían los indios.

De las distintas formas de maldición hubo una que me preocupó al extremo.

En ella, la venganza consistía en que la estatuilla ayudase a crear milagros, para que los opresores se acostumbrasen a depositar su confianza en algo externo a ellos y no en su interior. En general eran figuras religiosas. Creí haber dado con lo que buscaba. Sobre esto se puede decir mucho, pero no es el tema en este momento.

Ya más grande, con mis padres y hermanos de viaje, decidí realizar una serie de psicofonías ouija utilizando unos equipos con los que de chicos habíamos jugado.

Instalé la cinta abierta en el cuarto que estaba la estatuilla a fin de realizar mi investigación.

Al escucharlas inmediatamente noté sonidos que me preocuparon, pero mi investigación quedó interrumpida por una desgracia familiar.

Tiempo después, ya solo en casa (el resto de la familia se quedarían fuera del país por unos años), al volver a escuchar las voces grabadas, todo fue claro para mí y decidí donar la escultura de la virgen del Valle a través de mi prima, que tenía vínculo estrecho con algunas iglesias. Ellos nunca la expusieron, y yo jamás pregunté el porqué.

Pasaron los años y un día apareció una historia en el diario: seis esatuillas de vírgenes que concedían milagros. Al ver la foto supe que dos de ellas eran las que habíamos tenido.

Esta es la verdadera historia tras el cuento Muñecas de porcelana.

Artefacto Paranormal

La ouija psicofónica. Primera parte.

Datos, fotos y su historia

Resumiendo: la ouija psicofónica, es un artefacto desarrollado para tratar de identificar la procedencia de distintas fuerzas o planos tras sucesos paranormales.

No es un juego de espectáculo, todo lo contrario, tiende a ser para sesiones solitarias en lugares donde se presuman sucesos paranormales históricos.

Consta de tres partes principales.

El altar cuya función es realizar el conjuro pertinente que dará lugar a la obtención de una parafonía.

La placa de cobre laqueada será la vinculante entre la voluntad radiada de quien la utilice, captando su vínculo y ayudando a unir ambos planos.

Un surco indica dónde debe armarse el camino de protección. Este aísla a la persona de lo que allí pueda presentarse. La sal limitante se encontrará en los tres pocillos que vemos arriba a la izquierda.

El Micrófono parafónico es donde se conecta la placa captora de cobre, y aquí tenemos la posibilidad de filtrar planos.

Su dial posibilita la eliminación de recepciones.

Cabe señalar que no es un grabador, solo un captor armado con un cristal, un estuche embebido en sales, y las clavijas para proteger a quien lo opere o “congelar la voz” de una entidad.

Requiere conectarse a un grabador externo. Se recomienda una cinta abierta o un pasacasete, aunque pude registrarse con un celular.

El tablero. Al contrario que la ouija, aquí no preguntamos y no obtenemos respuesta con la plancheta.

La plancheta se usa para realizar la pregunta. Manteniendo silencio interior.

Debe estar en total silencio interior y alcanzar el estado de no querer hablar para desplegar su potencial.

Continuará...

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